¿Para qué educamos?

Debo decir antes de comenzar este escrito que amo los libros y que creo en el poder del conocimiento para abrir puertas y tender puentes. Recuerdo que entre las muchas cosas que quise estudiar, se me ocurrió la literatura (pensaba que podría ser profesor), y mi padre me apoyó. Seguro lo hizo a pesar de la preocupación por mi futura fuente de ingresos, porque en la sociedad antioqueña de los años ochenta, altamente orientada a la producción y al comercio, tener un hijo lector y profesor podía ser un factor de preocupación.

Sin embargo, debo decir que de lo poco que había en exceso en mi casa eran libros. Si “se acababan”, íbamos a la Librería Continental, la Oveja Negra o a la Científica en el centro de Medellín a comprar el que seguía…

Mi papá me dejaba caminar libre, escoger libros sin restricciones de autor, idioma ni menos filtros religiosos o ideológicos de lo que un “pelao” puede o no leer. Solo me preguntaba: “¿Qué te gusta de ese libro?, ¿qué buscas en él?”. Mi padre me abrió muchas puertas y me inspiró para hacer mucho de lo que hoy hago, porque me dejó amar los libros a pesar de que es posible que se muriera del susto de tener un hijo profesor.

Más adelante, la vida me llevó, o más bien, yo escogí una carrera diferente que estudié con gusto y que hoy me permite tener el mejor trabajo del mundo (para mí, el mío, para cada uno, el suyo). A la ingeniería me llevaron otras pasiones como las matemáticas y la física desde lo positivo y desde las restricciones, tal vez la necesidad que sentí de generar ingresos pronto con la temprana muerte de mi papá.

En fin, hoy doy gracias a la vida porque aunque no fui profesor de literatura, en Comfama puedo decir que soy educador. Casi 300 mil personas estudian en la Caja este año, desde la primera infancia hasta educación informal, en todos los temas posibles. Somos una gran institución educativa y lo decimos con gran orgullo.

En estos días hemos estado, por ende, en una rica conversación sobre la educación, sus maneras, métodos, formas, clasificaciones, pero ante todo, sobre su razón de ser, su propósito final.

Hay que hablar de esto, necesariamente, en esta ciudad, “la más innovadora”, la otrora capital industrial, la empresarial, la desigual, la que se transforma, la que gana el “premio Nobel de las ciudades”. Hay que hablar de esto cuando en el mundo se discute la pertinencia o no de enseñar humanidades, de enseñar filosofía.

Hay que hacerlo, sobre todo porque la sociedad colombiana está avanzando a pasos gigantes hacia la modernidad. El empleo se formaliza, la gente se educa, el país se urbaniza, al campo parece que le llegó la hora. Con mayor razón es necesario hoy que todos los que educamos o participamos de un proceso educativo nos preguntemos y tratemos de responder la pregunta fundamental: ¿Para qué educamos?, ¿qué ciudadano soñamos con la educación que ofrecemos?

En una Caja se responde generalmente lo siguiente cuando se pregunta eso: para la empresa, el trabajo, el emprendimiento. En muchas universidades se afirma de manera análoga: para la ciencia, la ingeniería, para descubrir e inventar cosas que cambien el mundo.

Nada de eso suena mal, por sí solo, pero a nosotros en Comfama nos produce cierta tensión, nos deja parcialmente vacíos, nos invita a repensar. ¿Qué debe tener un curso de baile, de natación, de ofimática, la educación inicial o qué debe suceder en la básica primaria, en nuestras bibliotecas, para que la educación tenga un sentido pleno?

Reflexión: ¿por qué le daba miedo a mi papá que yo estudiara literatura y me insistía en que pensara, con muchísimo cariño y sin querer ofenderme, en la escritura como un pasatiempo? Aventuro una hipótesis: porque somos aún una sociedad que iguala el trabajo con la vida. Que ve en el trabajo el destino mismo y que para colmo no considera trabajo sino lo que suma valor económico…

Pero ya se sabe que el dinero, por sí solo, no hace la felicidad, ¿cierto? Como en la Caja nos hemos metido en el tema de la felicidad —leyendo mucho, preguntando más, estudiando desde filósofos antiguos hasta modernas universidades hablando sobre el tema—, la educación ha sido obviamente parte de esa reflexión.

Voy a la conclusión que llevamos hasta ahora:

En Comfama queremos educar para la libertad y la felicidad. Queremos creer que la libertad de elegir como seres humanos — no solo nominalmente, sino en la práctica— lo que nos gusta hacer, como pasatiempo o como vocación de vida, tiene una fuerte correlación con la felicidad

No nos parece correcto que algunas restricciones no permitan que los talentos o las habilidades se puedan aprovechar al máximo individual y socialmente, y limiten nuestra posibilidad de ser felices.

Es por eso que en este compromiso de ser una plataforma para la felicidad, también nuestra educación tenga que transformarse. Más preguntas que respuestas, más decisiones inciertas entre alternativas diversas, más pasiones, vocaciones, diversión y seducción. Más pensamiento crítico, más ciudadanía y, ¿por qué no?, más solidaridad y compromiso social.

Para allá vamos. Por eso estamos repensando nuestras bibliotecas y nuestro apoyo a la educación básica y media. Por eso queremos aprender todos los días más sobre educación inicial, para mejorar lo que ya de por sí es muy bueno en la Caja. Por eso estamos comprometidos con la educación rural y la lucha contra todos los analfabetismos y la inequidad que generan.

Advierto que digo esto no porque eduquemos mal, porque contamos con cientos de jardineras e instructores que aman su trabajo, que educan con amor y alegría. Tan solo es que la educación, si se asume con seriedad, y nosotros somos conscientes de nuestra inmensa responsabilidad, se tiene que preguntar cada día ese profundo “para qué”, de tal manera que no perdamos el rumbo, que lo que hagamos transforme el mundo diariamente.

Esta es la razón, emocionante y feliz, para que nuestro compromiso en Comfama sea que nuestros estudiantes y todas las personas que participan de nuestros programas educativos y culturales sean cada día más libres de elegir lo que aman hacer y ser, que puedan encontrar cómo quieren vivir su felicidad y de qué manera van a dejar huella en esta vida

David Escobar Arango
Director 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *