Nuestra naturaleza

El problema ecológico que asola a nuestro mundo se debe al pensamiento, porque creemos que el mundo está aquí para explotarlo, creemos que es inagotable y que podemos hacer todo lo que queramos porque la contaminación terminará diluyéndose”, David Bohm - Sobre el Diálogo.

Hacía más de 30 grados centígrados y la humedad incrementaba la sensación de opresión. Los sonidos de la selva inquietaban a los caminantes, armados con una navaja Victorinox, sabían que los peligros a su alrededor superaban con creces sus habilidades de supervivencia.

La quebrada la Tinoco es pequeña, pero suena inmensa en medio del monte y de la semioscuridad que este produce en el trópico andino. Nada podría salvarlos de una serpiente venenosa, incluso un panal de abejas sería fatal. De pronto, sienten un ruido en el sotobosque y tiemblan, una lagartija mediana sale de entre los helechos. Algo que se mueve en la cubierta de árboles atrae su atención. Un mico, dos, ¡tres!, se mueven lentamente, seguramente acaban de tomar agua y buscan un sitio más solitario. Hay tantas orquídeas, aves y mariposas que “la caminada” por el monte, superaría en hallazgos muchas expediciones africanas imaginadas al leer los libros de Julio Verne.

Los dos hermanos, de 10 y 12 años, se sentían dueños del universo, exploradores del mundo en la finca de Lety, dentro de la relativamente pequeña reserva natural que su papá decidió salvar cuando decidieron tumbar el monte para sembrar piña y hacer potreros. En jurisdicción de Donmatías, aunque más cerca de Barbosa, las quebradas Tinoco y Laureles fluyen hacia el río Medellín. La expresión de vida más exuberante se encuentra con el cauce de agua nauseabunda que viene de la ciudad.

Montaña arriba, en la quebrada, nadie parece saber de ese destino. El agua lo inunda todo, arriba, en medio, debajo. El suelo hierve con lombrices e insectos. El monte zumba debido a los osos hormigueros, tigrillos, perros de monte, micos y una densidad de aves inaudita.

Para nosotros, cuatro horas de caminada eran casi como una expedición para buscar las fuentes del Nilo. Pero en lugar de bañarnos en las aguas del lago Victoria, disfrutábamos de un charco mediano, con una pequeña cascada, cubierto por un árbol que ofrecía, generoso, una rama que se convertía en la mejor plataforma para “tirarse”.

Mi hermano y yo caminamos miles de veces por ese monte. Era nuestro, éramos suyos. No era una selva virgen, sino un bosque surgido a comienzos del siglo XX, luego del abandono de la mina de oro de los tiempos del bisabuelo Roberto. Si nos hubieran preguntado a nosotros, cada árbol y cada roca, cada animal y cada liquen estaban ahí desde el comienzo de los tiempos. La naturaleza sabe cómo recuperarse, si le damos el chance.

Lo comprendí años después, con simplicidad, al conocer a Wade Davis, oyéndolo hablar de los ríos, de nuestro Magdalena. “Los ríos se salvan muy fácil”, dijo. “Solo hay que dejar de contaminarlos”. “Se salvan solos. El Támesis, el Sena, el Hudson, todos estuvieron muertos. El agua del Hudson no se podía ni tocar, era tóxica por las fábricas de carros río arriba. Hoy se puede nadar en ellos”.

En esa tierra de mi abuela, paradojas de la vida, está hoy el relleno sanitario que recibe los residuos de la ciudad donde vivo. Se maneja, sin duda, con responsabilidad, desde una buena empresa pública. Lo hace en el marco social y legal de los tiempos que corren, aunque no necesariamente en el que deberíamos tener en el futuro. Sería una buena idea imaginarnos lo que será correcto en 100 años, y hacerlo de una vez.

Una noche, hace un par de años, me desperté agitado. Mi pesadilla transcurría en la cascada del Chorrón, la misma en la que aprendí a vencer el miedo a caer, aunque no fueran más de 15 o 20 metros. La basura lo rodeaba todo, el olor era insoportable. Desperté triste y apenado. Tal vez el alma de la quebrada La Jagua, otra más en tierras donde abundan, esa en la que aprendí a nadar, me visitó a través del tiempo y el espacio para saludarme, para llorar su pena y reclamarme por el abandono. Ahora los ríos son sujetos de derechos, pero aún no los disfrutan.

En Comfama creemos que en Antioquia ya hace rato debimos colgar en un museo “el hacha de los mayores” y ahora debemos pensar como habitantes del mundo, como parte integral de la naturaleza, de la que no somos más que un pasajero más. En la era de la sostenibilidad y la ecología, en la que los niños cuidan el agua, quieren sembrar más árboles y reciclan por instinto, nos llegó a todos la hora del compromiso absoluto con conservar. Debemos pensar en una economía circular, que permite las actividades económicas, solo con la condición de que cuidemos, nutramos y no afectemos nuestros ecosistemas. Familias que cuidan y disfrutan la naturaleza; empresas que abandonan la idea de “explotación”, y se aproximan a ella amorosamente. Aprendieron que la tierra tiene un límite y no quieren ver dónde ni cuándo está ubicado.

En Comfama soñamos con inspirar a quienes aún vivimos consumiendo sin medida aquello que no es nuestro y animar a las empresas a seguir avanzando en ese camino del cuidado del patrimonio natural. Con esta revista nos interesa, como siempre, propiciar una conversación. Una simple y poderosa, que comience con preguntas como estas: ¿Cuál es mi huella? ¿Cuál es la tuya? ¿Qué puedes hacer para que tu presencia en la tierra construya y no destruya? ¿Sumas o restas, en esta misteriosa ecuación de la vida?

 

Regresa: Naturaleza Comfama 

2 Comments

  • Bella reflexión fundada en lo vivido. Solo haber experimentado cosas así nos permite movernos a la acción en favor del futuro de la tierra. ¿Cómo mover a quienes tienen poder y no están nutridos por esos recuerdos?

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