La naturaleza de las ciudades

Parque Comfama Copacabana.
El ser humano se engaña a sí mismo al pensar que no hace parte de la naturaleza. Por Rosana Arizmendi Mejía, Doctora en Ecología y Responsable de la Escuela de Hábitat y Sostenibilidad de Comfama.

Todos los habitantes de la Tierra dependemos de la naturaleza para vivir, incluso si pasamos nuestros días con un computador en una mano y un celular en la otra. El aire, el agua, los alimentos, el algodón con que se hace la ropa, o el cemento y la madera con los que construimos nuestras viviendas, provienen de la naturaleza. También los metales y minerales con los que están hechos los computadores y celulares.

Por ejemplo, para suplir las necesidades de los moradores del Valle de Aburrá, se requieren recursos que equivalen a 100 veces su área”.

Constantemente nos beneficiamos de las contribuciones tangibles e intangibles de la naturaleza. En las ciudades, por ejemplo, basta con mirar por la ventana o salir a caminar por la calle, para ver los árboles que dan sombra, limpian el aire de contaminantes y regulan la temperatura, haciendo que sea más agradable caminar por una calle arbolada, que por una que solo tenga cemento. Igualmente, hay pájaros e insectos que se alimentan de flores y frutos, esparciendo semillas por la ciudad o llevando el polen de un lado para otro. Por las noches, hay zarigüeyas y murciélagos que también dispersan semillas y que, además, mantienen a raya las poblaciones de roedores y de mosquitos transmisores de enfermedades. Y, en las laderas de las montañas, los árboles y plantas mantienen la tierra firme, evitando inundaciones y deslizamientos, y regulando naturalmente el suministro de agua que llega a los urbanitas.

 

 

Todos los días hay oportunidades para conectarnos con la naturaleza y para empoderarnos de su cuidado”

Cerca del 55% de la población mundial vive en ciudades, y se espera que para 2050 este porcentaje incremente a 68%, asunto que, como una de sus mayores consecuencias, tiene el aumento de la demanda de recursos naturales. En su mayoría, estos recursos provienen de lugares rurales o salvajes, extendiendo el impacto de las ciudades más allá de sus fronteras. Por ejemplo, para suplir las necesidades de los moradores del Valle de Aburrá, se requieren recursos que equivalen a 100 veces su área.

La huella ambiental de las urbes es un hecho, pero, también lo es, el que estas son epicentros de innovación, creatividad y participación ciudadana. En ellas, todos los días hay oportunidades para conectarnos con la naturaleza y para empoderarnos de su cuidado – ¿nos animamos a hacerlo? Como creía Aldo Leopold, gran ecólogo del siglo XX, “si tratamos la tierra como una comunidad a la que pertenecemos, comenzaremos a usarla con amor y respeto”. Sintámonos, pues, parte de la naturaleza de las ciudades.

 

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