Bioconstrucción para transformar el campo en San Vicente

Aplican el principio de la inteligencia de bosques: el barro como material de bioconstrucción no contamina.
Transformar el estilo de vida de una familia en una cuota por el planeta

El hogar de Juliana y su mamá es de barro. Allí construyeron una huerta orgánica en la que cultivan fríjol, maíz y otras hortalizas. Dicen ellas que el sabor es diferente: más natural, más sano. “La casa de campo”, como la han bautizado, es una finca ecológica que está entre las veredas Las Hojas y La Porquera, en San Vicente Ferrer, y es su proyecto familiar y comunitario, el lugar que las acoge y acoge a los visitantes y voluntarios que llegan cada semana. También es su empresa, su estilo de vida y su cuota por el planeta.

“El principio de todo es la permacultura”, cuenta Juliana Hurtado Montoya “Magu” -así le dice su mamá y quienes la aman-. Continúa: “Quiere decir cultura permanente y es una ciencia de diseño que integra todas las áreas donde se desarrolla el ser humano: la construcción, la salud, la educación, la economía y las relaciones para generar sociedades sustentables y armónicas con el ambiente”, explica.

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En esta escuela de saberes alrededor del trabajo se intercambian conocimientos.

Con esa filosofía llegó hace ocho años a Medellín. Juliana estaba en Buenos Aires, Argentina, y mientras estudiaba Diseño industrial conoció esta posibilidad. Planeó un futuro a partir de la bioconstrucción y volvió a su casa, en Colombia. Encontró apoyo, el incondicional, el de su mamá: “Sumamos nuestros ahorros y, con esfuerzo, compramos la finca. Fue un proyecto que nos trajo de nuevo al campo y a nuestras raíces. Sabíamos que iba a ser nuestro hogar y nuestra empresa sostenible”, expresa Juliana.

Toda la finca está concebida bajo el principio de inteligencia de bosques: el barro como material de bioconstrucción no contamina y permanece en el tiempo más que otro producto; la huerta orgánica expresa un proyecto de soberanía alimentaria y respeto por la tierra, que excluye los químicos; los árboles frutales se biofertilizan con insumos preparados en casa; el trueque comunitario de frutas y verduras se da de forma natural con los vecinos y, para ser sostenibles, comercializan el lulo y el aguacate en los mercados del barrio. Ese territorio lo están transformando.

Esta experiencia la viven voluntarios de Colombia y otros países, quienes comparten en esta escuela de saberes alrededor del trabajo en agricultura limpia e intercambian talentos desde
el arte, la elaboración de instrumentos de guadua, el yoga o las manualidades. A Juliana, le encanta tejer. Dice que es una experiencia para volver a la tierra, a lo simple, a la solidaridad, al valor de la vida y al contacto con lo ancestral.

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Aportan a la transformación del entorno mediante el voluntariado.

Pasa sus horas y sus días en este espacio. Allí vive, trabaja, siembra, cultiva, cosecha y rinde frutos. Enseña cursos de trabajo en barro, alimentación consciente, desintoxicación, vida sostenible.
“Somos lo que comemos. Hay mejores estados anímicos y físicos cuando nos alimentamos bien. Poco a poco vamos cambiando nuestro entorno local para lograr transformaciones globales. Por
eso desarrollamos experiencias para servir a otras personas y eso se revierte en este mismo lugar”.

Ambas se forman todos los días. Beatriz Montoya, su mamá, es médica y está haciendo una diplomatura en Plantas medicinales para descubrir nuevos productos que sanen; y Juliana genera
procesos de aprendizaje con quienes comparte, también lee, investiga cómo sacar aceite del romero y quiere proyectar la finca como refugio de animales en el futuro. Juliana dice que “aunque somos ‘las raras’ de la vereda -se ríe-, los vecinos nos preguntan y nos piden consejos para sus cultivos. Queremos ser un hogar sostenible que transforme positivamente este entorno desde el ejemplo y el respeto por el planeta”.

Regresa: Naturaleza Comfama 

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