Bienaventurados los “plenarios”

Cuando era niño, las personas empezaban a ser “viejas” muy pronto. La expectativa de vida, la salud de la población y la actitud ante la vida eran diferentes a las actuales.

Esa mirada de la edad nos llegaba heredada de miles de años de historia, donde literalmente uno nacía, crecía, se reproducía y, más pronto que tarde, moría. En 1800, la expectativa de vida al nacer de ningún país superaba los 40 años. Hoy, todos los países estamos por encima de esa cifra. En Colombia, por ejemplo, esta cifra se acerca a los 75 años. En mi memoria está mi abuela Lety, caminando, cuidándose, con achaques, actitudes y la sabiduría de una anciana. Era realmente una “adulta mayor”, como se dice hoy. ¡Y eso que debía tener un poco más de 50 años cuando tuve conciencia de su existencia!

Igualmente, en mi memoria está mi abuelo materno, Óscar Arango Mejía. Al escribir este texto me di cuenta de que conocerlo fue mi primer encuentro con una persona que vivía más allá de su edad. Siempre joven, negociante serial, creativo, curioso y soñador. Comenzaba proyectos de larga maduración sin preguntarse siquiera si los vería florecer.

Con poca educación formal, se había jubilado joven de Coltejer y aprovechó esta oportunidad para construir una segunda vida económica. Emprendió y logró prosperar, compró una pequeña finca en el suroeste antioqueño y gozó la vida hasta que un cáncer se lo llevó a los 71.

¡Antes de morir, fue al Pacífico colombiano con sus hijas a conocer las ballenas jorobadas porque “le faltaba vivir esa experiencia”! Siempre decía que él no contaba los años que cumplía porque los que importaban eran los que le quedaban por disfrutar.

“A los 15 años puse mi intención en estudiar;
a los 30 me establecí en la sociedad; a
los 40 me liberé de mis delirios; a los 50
comprendí los mandatos del Cielo; a los
60 pude escuchar con claridad; y a los 70
años, lo que mi corazón deseaba y lo que era
correcto por fin se alinearon”.
Palabras de Confucio. Traducción del inglés, del libro The Path de Michael Puett
y Christine Gross-Loh.

Esa historia es cada día más común. Los países se llenan de personas de más de 62 años (o la que sea la edad de pensión), que son todo menos ancianos. Incluso, como decía el Foro Económico Mundial en una publicación reciente, se trata de una edad en la que las personas tienden a ser más felices, tener menos preocupaciones y dudas existenciales.

Debo confesar que varias de las personas que más admiro en la empresa, la academia y la familia son hombres que lejos de “retirarse” (si acaso se podrían llamar pensionados por su condición legal) dedican su tiempo a querer y quererse, disfrutar, trabajar duro en nuevos proyectos y aportar en iniciativas con alto impacto social y educativo.

Esta condición no solo aplica para la gente con recursos económicos o pensiones razonables. Lo he visto igual en personas de menos ingresos. Además, lo he vivido en carne propia porque mi madre se pensionó hace unos años y no ha querido ni podido “quedarse quieta”. Tiene, en sus propias palabras, “una agenda apretadísima”. Siento que eso es lo que la mantiene sana y feliz.

Definitivamente, expresiones como “tercera edad” o “adulto mayor” son incompletas e injustas con las infinitas posibilidades de las personas que, llenas de salud, energía, ganas y sueños, llegan a este momento de la vida.

Hace poco, en Comfama hablábamos de este tema, pues una de nuestras responsabilidades es comprender los cambios sociales o demográficos y responder a ellos con creatividad. Casi caemos en los clichés y las generalizaciones. Claro que hablamos de personas con necesidades de servicios diferentes en salud, recreación, etcétera. Pero tampoco es lo mismo una persona de 65 años hoy que en 1960. Si invito a mi madre a un club de la tercera edad y le regalo la prenda característica (no quiero ser peyorativo, sino explicativo) me la “pone en la cabeza” porque ella siente y sabe que tiene aún muchos años para aportar, aprender, viajar, ir a cine, trabajar y enseñarle cosas a su nieta. En resumen: vivir plenamente. Me inspira ver que ella no cree en ese adagio de “loro viejo no aprende a hablar”.

Es por esta razón que en esta edición incluimos algunas historias para inspirarlos a todos, sin importar la edad. Queremos invitarlos a ver con ojos diferentes a la gente que se pensiona o llega a esa llamada “tercera edad”. Así como un importante medio global como The Economist propuso recientemente pensar esta realidad desde la perspectiva de la productividad y de la posibilidad –en lugar de hacerlo desde el agotamiento, la vulnerabilidad o la debilidad–,

Comfama quiere proponer hablar de la edad de la plenitud, en la que se puede, se quiere y se debe hacer y ser mucho más que un “retirado”.

Finalmente, queremos invitar de nuevo a pensionados y “plenarios” en general a disfrutarnos. Estamos trabajando con entusiasmo para ser siempre la Caja de ustedes. Se nos han ocurrido programas de emprendimiento, descubrimiento, aprendizaje, encuentro activo, actividad física, viajes de exploración y oportunidades para devolver algo de la sabiduría que han recibido de la vida. Y como creemos en ustedes y su capacidad de crear, los invitamos a que nos escriban con ideas y propuestas. En su plenitud, ayúdennos a que la Caja de Antioquia sea inclusiva y que, como siempre, dignifique y engrandezca a cada persona que esté de acuerdo con Charles Bukowski: “Que no te engañen, chico. La vida empieza a los sesenta”.

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