A viva voz

“Poco después entró el hombrecito y dijo: —Y bien, señora reina, ¿cómo me llamo yo? ¿Te llamarás Conrado? —empezó ella—. —¡No! Así no me llamo yo. —¿Y Enrique? —¡No! ¡Así no me llamo yo! —replicó el hombrecito con expresión triunfante—”.

Beatriz soltaba las palabras lentamente para invocar el misterio. Le gustaba leernos antes de dormir. “¡Léenos los Cuentos de los hermanos Grimm!”, decíamos. Ella buscaba el libro, mientras jugaba por un momento a haberlo perdido “¡Sí, aquí está!”. Y comenzaban las historias.

Esta historia hablaba de una campesina que quería ser reina. Un hombrecito mágico que le podía cumplir el deseo a cambio de su primer hijo. Ella acepta la propuesta. Se vuelve reina y poco después nace el príncipe. El hombrecito llega a reclamar lo suyo. ¡Horror…! Sin embargo, es juguetón y le ofrece una salida: si ella logra adivinar su nombre, tarea casi imposible, la liberará de la penosa obligación. Al final de la larga e infructuosa búsqueda, por suerte, un sirviente vio al hombrecito en una montaña cantando una canción en la que se delataba.

[…] Sonrió la reina y le dijo:
—Pues… ¿quizás te llamas… Rumpelstikin?
—¡Te lo dijo una bruja! ¡Te lo dijo una bruja! gritó el hombrecito, y, furioso, dio en el suelo una patada tan fuerte, que se hundió hasta la cintura.
Luego, sujetándose al otro pie con ambas manos, tiró y tiró hasta que pudo salir; y entonces, sin dejar de protestar, se marchó corriendo y saltando sobre una sola pierna, mientras en el palacio todos se reían de él por haber pasado en vano tantos trabajos”.

Las lecturas que nos llegan a través de la voz de quienes amamos se alojan en un lugar especialmente profundo de nuestro corazón. Tal vez por eso, Rumpelstikin es, para mí, el sello de la infancia y su imaginación todopoderosa. Pero, además, uno de los más bonitos recuerdos con mi mamá.

En un lugar cercano en mi corazón, guardo, por ejemplo, la imagen de Juan Gabriel sentado en un sofá leyéndome ese poema de León de Greiff con que le gustaba enamorar a Beatriz:

“Esta rosa fue testigo
de ése, que si amor no fue,
ninguno otro amor sería […]”.

Quizá por eso, Ritornelo es el poema del amor por excelencia y también, gracias a mi padre y sus poemas, amar sin leer poesía es un imposible y una falta de decoro.

Otro recuerdo que atesoro es el de aquella tarde en la playa con mi enamorada, leyendo El amor en los tiempos del cólera. Cuánto disfrutamos el episodio de la muerte de Juvenal Urbino persiguiendo un loro:

“—Sinvergüenza — le gritó.
El loro replicó con una voz idéntica:
—Más sinvergüenza serás tú, doctor.

[…] El doctor Urbino agarró el loro por el cuello con un suspiro de triunfo: qa y est. Pero lo soltó de inmediato, porque la escalera resbaló bajo sus pies y él se quedó un instante suspendido en el aire, y entonces alcanzó a darse cuenta de que se había muerto sin comunión, sin tiempo para arrepentirse de nada ni despedirse de nadie, a las cuatro y siete minutos de la tarde del domingo de Pentecostés”.

Cuando me preguntan por el mejor libro de Gabo, vuelvo de inmediato al recuerdo de esa lectura en voz alta, porque cada página es una delicia de amor compartido.

Hace poco, estudiando en Comfama sobre libros y lectura, analizábamos el crecimiento del audiolibro. Mientras el libro tradicional apenas se sostiene en ventas, el audiolibro se multiplicó en pocos años. Crece el número de aplicaciones que sirven para reproducirlos y aparecen los profesionales de la lectura en voz alta. Nos llenamos de voces de personajes famosos, unas femeninas y otras masculinas que nos leen los textos más hermosos y los más prácticos, los largos y los cortos, en todos los idiomas. La gente los escucha mientras va al trabajo, prepara el desayuno o hace ejercicio. En la era de la prisa, de los teléfonos que contienen todo, hasta nuestros libros, nos está gustando mucho, cada vez más, que nos lean en voz alta. ¿Será una remembranza de esos días dulces y tibios de la infancia? ¿Será solo la búsqueda de la eficiencia? No importa, si nos ayuda a leer más, bien vale la pena explorar esta nueva posibilidad.

El audiolibro es una nueva experiencia, diferente a la que nos enseñan en el colegio, una forma más de lectura que inspira igualmente la curiosidad e invita a la exploración de otros lugares, seres, ideas y posibilidades. Para celebrar su auge global y el gusto por la lectura en voz alta, hemos publicado esta edición de nuestra Revista. Con ella, queremos proponer a amigos, empresas y familias juntarse para leer, leerse en la mitad del día, enamorarse leyendo poemas, dedicarse cartas enteras en voz alta, enviarse mensajes de audio con lecturas cortas y disfrutar de los audiolibros. ¡Los invitamos, en este nuevo año, a leer, a leernos y a disfrutar de las palabras “a viva voz”!

Regresa: ¡A leer en voz alta!

2 Comments

  • Antes ojeaba el Informador de Comfama, hoy lo leo religiosamente cada que sale. Gracias David por ponerle tu corazón a esta entidad que en realidad nos pertenece, y que forma parte de nuestros deseos e iniciativas.

    • Don David, la pasión, el detalle y la fuerzas con la que haces su narrativas, me llevan a viajar en los mas recónditos de mis recuerdos o pensamientos, debido a que mi infancia no fue fácil, has traído a mi mente alguno de los mas bellos de ellos, en varios de los escritos que has hecho, por ejemplo en este muy corto para mi gusto, jajaja, ese gran talento que tienes, debes explotarlo mas con cuentos cortos algún libro y no solo dejarlo en la columnas de los periódicos, ojala que algún día solo te puedas dedicar a escribir y ha explotar su talento, para que las nuevas generaciones te conozcan y dejes huellas en ellos, de como es vivir y crecer solo con la “imaginación”, es de las pocas cosas que pudiera desear tener en la vida ese talento, de escribir también como usted lo hace, felicitaciones.

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“Poco después entró el hombrecito y dijo: —Y bien, señora reina, ¿cómo me llamo yo? ¿Te llamarás Conrado? —empezó ella—. —¡No! Así no me llamo yo. —¿Y Enrique? —¡No! ¡Así no me llamo yo! —replicó el hombrecito con expresión triunfante—”.
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